La maldita cancela

Imagen

Hace muchísimos años, un bonito día de primavera, mi hermana Gloria me dejó a cargo de mi ahijado Alfio. 
Me dirigí con los dos primos, mi hija Pilar y él (de tres añitos los dos),  al Parque de mi barrio de las Rozas y me dispuse a pasar una tranquila mañana terminando mi novela mientras ellos se entretendrían sentaditos en la arena.
La escena bucólica duró 3 minutos, al instante Pilar empezó a hacer de las suyas subiéndose a lo alto de cualquier mástil que se le pusiera a tiro; ese día eligió uno de los fantásticos toboganes de hierro oxidados de la época, plagaditos de esquinas puntiagudas. Su primo, más prudente, gracias a Dios, se limitó a observarla.
Mientras yo me afanaba por subir y bajar tras ella, el encantador guarda del parque, a quien siempre le estaré agradecida, ajeno a la escena, decidió encerrarnos a cal y canto, colocando unas tremendas cadenas alrededor de la cancela sostenidas con un candado.
Cuando alcé la cabeza y me percaté de la situación, ya era demasiado tarde, el mal estaba hecho. Estresada por tener que dejar a Pilar sola dos segundos, traté con todas mis fuerzas de deshacer el nudo y abrir el candado. Nada, no había manera, eran casi las dos, los móviles aún no habían entrado en escena, así que empecé a segregar cortisol, adrenalina y una densa cortina de humo negro que salía por mis venas. Me puse manos a la obra: agité la puerta, pateé la cancela, machaqué el candado con una piedra, pero nada. 
Al otro lado de esta escena, mientras yo peleaba frenéticamente contra mi infortunio, mi sobrino Alfio, abría los ojos como un búho observando abducido.
Finalmente claudiqué, me retiré a mi banco desesperanzada, descargando mi mal humor contra el libro, la arena, las piedras y el maldito tobogán del que mi hija no se bajaba ni a tiros.
Mi ahijado, sin embargo, se quedó allí, drogado junto a la puerta, no se movió en 20 minutos, había encontrado el juguete más interesante del parque, un candado enredado. Pacientemente lo manipulaba ni sé cómo.
¡¡¡¡Al rato levanto la cabeza y la puerta estaba misteriosamente abierta!!!!
Ese día se quedó grabado en mi subconsciente con colores fosforitos. En ese instante supe que el niño sería ingeniero.
Años más tarde, obsesionada por estar en forma, probé el Running con un único objetivo: “Quemar calorías.”
Corría sin ganas, pendiente del tiempo, parando a los 20 minutos frustrada y derrengada. 
Uno de esos días de lucha, me vino a la mente la imagen de ese niño de 3 años sereno frente al candado, manipulándolo minuciosamente, respirando, observándolo ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Comprendí que en su mente sólo existían “El y la maldita cancela”, el resto del mundo estaba muy muy muy lejos. 
Pensé: 
“ – Pilar, estás dándole al Running las mismas patadas que le diste a la cancela, te estás enfrentado a él estresada, pensando en el ayer y en el mañana y desviando el foco del movimiento. Así jamás conseguirás desentrañar su misterio…”
Me puse las zapatillas, dejé el reloj en mi almohada, dibujé una burbuja de jabón a mi alrededor que me aislara y me puse trotar concentrada tan sólo en el sonido de mi respiración, uno, dos, tres , uno, dos, tres.

Ese día decidí no volver a correr para llegar más lejos sino para desenredar los nudos que la vida, para retarme, me ofrece.  
Desde entonces sólo hago Walden Running y misteriosamente nunca más he tenido que preocuparme ni por las calorías ni por los desenlaces.

Runfulness, próximo Taller este viernes 9 de noviembre
Más info en la web www.metodowalden.com  

Deja una respuesta